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miércoles, 27 de octubre de 2010

BRUNO WIDMANN

(ORILLEANDO)
(LANCHAS DE LA COSTA)






LEEMOS DE WIDMAN EN :http://200.40.120.170/Suple/DeLosDomingos/04/10/31/

Widmann es un caso pradigmático. Proviene de una adolescencia trágica pero a la vez protegida aunque la familia haya quedado a la intemperie. Su padre fallece cuando es un muchacho en plena formación. Era el dueño de "Trento" el restorán que estaba en la esquina que luego ocupó Pentella y en tiempos barriales. Nace y crece en Arroyo Seco, cuando la Aguada se diluye del todo camino a Capurro que titila en las lomas de Agraciada.
EL BARRIO. Arroyo Seco era un reducto de los barracones de las grandes firmas sólo laneras, como Taranco y Trabucatti y un centro comercial importante. Widmann se mueve en esa atmósfera donde trajinan los camiones de lunes a viernes y se instala la paz los fines de semana y sobrevuela una soledad que no inquieta, al contrario, es sedante. Es un mundo de inmigrantes, además. Widmann es un montevideano cuyas dos ramas son italianas. El nombre del restorán no es casual ni tampoco el ambiente que se vive en su casa donde se disfruta del nuevo lugar pero todavía pesan la nostalgia y las costumbres europeas. En uno de sus cuadros de los Sesenta ya aparecen el peso de la inmigración y el sesgo barrial sobre todo en el clima aunque ya esté instalado más en la expresión plástica que en la anécdota. A la puerta de un bar un hombre sentado con la silla al revés, abrazado al respaldo mira desde su pachorra la gente que pasa enfrascada en discusiones sobre el fútbol y la política. Widmann nunca es explícito y tampoco costumbrista pero revela la temperatura emocional de su tiempo. En ese sentido es un termómetro.
Cuando el padre muere la situación económica de su entorno cambia de manera radical. Su madre y una tía que vive con ellos se ponen el restorán al hombro lo que asegura la subsistencia justa, medida, sin nada que sobre. No hay dinero para una entrada al cine, una caja de cigarrillos, un trago en el bar y un paseo entre amigos. Un padre de los adolescentes que se han transformado en muchachos se apiada de las necesidades y proporciona las monedas para comprar una caja de cigarrillos que reparten entre todos y fuman cuando los domingos se instalan en Punta Carretas y exploran la costa rocosa que se convierte en un territorio propio. Montevideo es una ciudad acogedora, sin barreras y sin peligros. En los bares les permiten usar los billares que pagan los mayores. En los del Palacio Salvo Widmann revela sus condiciones. Esa formación le permitirá competir con Espínola Gómez en el terreno lúdico. "Era un carambolista formidable", recuerda Bruno con esa sonrisa que se le instala cada vez que nombra a su amigo, un conversador lúcido y culto que frecuenta su estudio y tiene hasta su silla propia en los ambientes luminosos del taller donde trabaja Widmann, no bien se traspasa Uruguay y Agraciada se zambulle en el tramo que une al Palacio Legislativo con el centro. ¿Es Montevideo una ciudad plana fuera de los mojones del Cerro y el Cerrito de la Victoria? Mucho menos de lo que piensa y parece decir la rambla. El recorrido de Agraciada entre repechos es un testimonio de esa falsa horizontalidad. A la manera discreta y sutil que marca el estilo de vida uruguayo. Widmann registra esas sutilezas en su propio estilo de pintor.
¿Lo ha perjudicado ser un pintor con éxitos en la parte comercial, un factor que despierta irritación y desconfianza en una sociedad pacata? Fue el primero en abrir un local propio y a la calle en Gorlero cuando Tejera y Glauco Capozzoli compartían los espacios plásticos de una casa de antigüedades del Santos Dummond. ¿Le perdonan esa aventura que abrió caminos en Punta del Este? El minimiza la inquietud y tiene la coquetería de negarla. Casi. Pero no es cierto, eso no se perdona. Y menos el éxito. Quizá porque se desconfía de ciertas características que acompañan la recepción popular: el gusto al parecer dudoso de las mayorías, la repetición temática, un descenso de la calidad dictada por las urgencias de la demanda. A Vicente Martín se lo destaca hasta los Sesenta y poco después aunque tiene tramos valiosos. Es cuestión de nivel y de talento, claro. Damiani sale indemne del trance y no cae en tentaciones. Iturria cambia un éxito por otro y se multiplica. Dicandro crece y crece. Concitan el fervor popular pero están en las antípodas del arte comercial. Constituyen excepciones.
A Widmann por ejemplo no lo ha alcanzado el Figari, un premio sólido y serio con pocos altibajos. El alejamiento ha dejado fuera del respaldo a Silveira Silva que es indiscutido en ciertas áreas (el grabado, el dibujo y la escultura) y maneja como nadie la antropología de la frontera. Es posible que la radicación extranjera haya demorado la consagración definitiva de Widmann pero no la explica del todo y menos la justifica. Desde Camnitzer a Cardillo la ausencia se nivela con el prestigio aunque Cardillo también renovó su operativa y a determinada altura ubicó al país entre sus planes y aumentó el espesor de su perfil nacional. Su exposición "Charrúas y Montes Criollos" es un ejemplo al respecto. El alejamiento, el éxito comercial, cierto distanciamiento crítico pueden explicar su omisión en el listado de esa distinción pero no lo justifican. Como oposición aumentan los brillos y el eco en la recepción de una trayectoria internacional de trepado nivel en los últimos años. Su exposición "Espectros y acrobacias" en el Museo de Arte Moderno de México, actuó como un disparador notable.

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